
Meet Collin Scott: The man behind "This Just In"
ARQUEOLOGIA BIBLICA.
Pese a la imagen popularizada en el cine por Indiana Jones, los logros de la arqueología bíblica no alcanzan al Arca de la Alianza o al Santo Grial. En su lugar, esta disciplina lucha en los últimos años por superar las diferencias entre las distintas “escuelas” existentes, al mismo tiempo que intenta acabar con la lacra de las falsificaciones con fines económicos, religiosos y políticos.
A lo largo del año 2008, medios de todo el mundo despacharon numerosos titulares con la Biblia como protagonista. Desde el supuesto hallazgo en Etiopía del palacio de la reina de Saba, pasando por el presunto descubrimiento de las célebres minas del rey Salomón, hasta la identificación del texto hebreo más antiguo en el lugar donde David se enfrentó a Goliat, distintos episodios narrados en el Antiguo y el Nuevo Testamento han ocupado espacios destacados en prensa y televisión. Un hecho que no es exclusivo del año 2008. Basta un breve repaso a las hemerotecas para descubrir decenas de noticias similares en años recientes.
Sin un mayor análisis, la primera impresión podría hacernos pensar que, efectivamente, la arqueología se ha convertido en los últimos años en una eficaz herramienta que, para alegría y satisfacción de los creyentes, parece confirmar la historicidad de los sucesos relatados en la Biblia. En definitiva, da la impresión de que la “historia sagrada” ha logrado dejar atrás su condición de materia de fe para convertirse en historia empíricamente demostrada. Y todo ello, de la mano de la ciencia.
Sin embargo, un análisis más cuidadoso de todos estos supuestos descubrimientos desvela, en muchos casos, una enrevesada madeja tejida a base de fraudes arqueológicos, engaños, búsqueda de notoriedad mediática e intereses religiosos e incluso políticos.
HISTORIA DE UNA DISCIPLINA
Los orígenes de la arqueología bíblica se remontan a la primera mitad del siglo XIX. Uno de los pioneros en este campo fue el estadounidense Edward Robinson. Miembro destacado de la Iglesia Congregacionalista de EE.UU., Robinson se propuso callar la boca a los más duros críticos de la Biblia, y pensó que la mejor forma de hacerlo pasaba por localizar los enclaves bíblicos mencionados en las Escrituras, convencido de que así otorgaba una historicidad a los hechos reflejados en el Antiguo Testamento. Aquella determinación le llevó a organizar dos expediciones a Palestina –entonces en manos del Imperio Otomano– en 1838 y 1852. Tras el primero de aquellos viajes, Robinson publicó su libro Investigaciones bíblicas en Palestina, donde daba cuenta de sus primeros hallazgos.
Grabado del siglo XIX mostrando los primeros trabajos arqueológicos en Palestina.
A pesar de los esfuerzos de Robinson, el verdadero “padre” de la arqueología bíblica fue el también estadounidense William Foxwell Albright. Durante décadas, y hasta después de la Primera Guerra Mundial, las excavaciones en Palestina se asemejaban más a una romántica búsqueda de tesoros que a una auténtica disciplina científica. Albright introdujo los cambios más significativos en este sentido, desarrollando una metodología más apropiada, comenzando entonces la “Edad de Oro” de la arqueología bíblica.
Con sus excavaciones en distintos yacimientos y sus trabajos sobre la cuestión, Albright se convirtió en auténtico referente, creando toda una escuela que fue continuada por algunos de sus discípulos más destacados, como G. Ernest Wright, David Noel Freedman o Frank Moore Cross. Para Albright, buena parte de los hechos relatados en la Biblia poseían grandes visos de historicidad, pues concedía categoría de hechos historicos a relatos como los del Éxodo, la conquista de Canaánpor los israelitas, e incluso la existencia de personajes como Abraham, Isaac o Jacob. Su convencimiento de que la arqueología podía dar carta de realidad a algunos de los eventos de la Biblia Hebrea (así denominan los especialistas al Antiguo Testamento) llegaba a tal punto que llegó a afirmar que la labor del arqueólogo pasaba por “iluminar, comprender y, en su grado máximo, ‘probar’ la Biblia”.
Con el paso de los años, y especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la arqueología bíblica fue sumando nuevas excavaciones, descubrimientos y estudios sobre la cuestión, y fue entonces cuando comenzaron a surgir dos escuelas de pensamiento mayoritarias, aunque no siempre es fácil adscribir a los investigadores en una de ellas.
Moisés sosteniendo las Tablas de la Ley. © Javier García Blanco / Istockphoto.
Por un lado, los “maximalistas” bíblicos tienden a conceder, siguiendo la senda de Albright y a pesar de la aceptación de los descubrimientos arqueológicos, que gran parte de los relatos bíblicos están compuestos por referencias históricas. Así, los maximalistas bíblicos suelen aceptar la existencia histórica de las doce tribus de Israel, así como de los reyes David y Salomón y, en algunos casos, de algunos de los patriarcas.
Por el contrario, la otra escuela de pensamiento, conocida como “minimalismo bíblico”, considera que la Biblia no debe ser tomada con un relato histórico, rechazando la historicidad de los eventos y personajes defendidos por los maximalistas.
En cualquier caso, en muchas ocasiones los distintos especialistas no pueden ser encuadrados tajantemente en una de las dos corrientes, pues existen distintas variaciones en cada uno de los episodios y hechos a estudio. De cualquier modo, la arqueología bíblica actual ha pasado de sus primeros años en las que los investigadores solían buscar insistentemente evidencias científicas para demostrar sucesos bíblicos, a una disciplina cuyo mayor interés consiste en mejorar el conocimiento científico sobre las culturas que poblaron los territorios descritos en la Biblia, su historia y sus características, y en cuyo seno surgieron los textos sagrados.
LA BIBLIA DESENTERRADA
Entre las investigaciones y estudios realizados en los últimos años destaca especialmente el trabajo de dos arqueólogos e historiadores, el israelí Israel Finkelstein y el estadounidense Neil Asher Silberman. En el año 2001, ambos publicaron La Biblia desenterrada (Siglo XXI Editores, 2003), un ensayo en el que plasmaban las conclusiones obtenidas tras años de excavaciones y estudios en Tierra Santa. Fue un libro polémico, que levantó ampollas en círculos religiosos y académicos, especialmente en Israel. No en vano, sus planteamientos –cercanos a la línea de la corriente minimalista, aunque con matices– ofrecía una visión radicalmente distinta sobre la presunta historicidad de pasajes importantes de la Biblia hebrea.
Portada de La Biblia desenterrada. La obra causó una gran polémica tras su publicación.
Entre otras cosas, el libro ponía en duda la historicidad de la vida de Moisés, del Éxodo y de otros muchos pasajes del Antiguo Testamento, después de analizar minuciosamente los datos obtenidos durante sus excavaciones arqueológicas. Entre las desestabilizadores conclusiones a las que llegaron se encuentran la negación del pasaje de las murallas de Jericó, presuntamente derribadas por el sonido de las trompetas del ejército del Pueblo Elegido. Para desgracia de los creyentes más conservadores, las excavaciones desvelaron que en el siglo XIII a.C. Jericó era apenas un pequeño poblado, que carecía de muralla. Tampoco David y su hijo Salomón parecen ser los grandes monarcas que describe el Antiguo Testamento. Según la Biblia, el reino de Israel en aquella época poseía un gran poderío, con una fuerte capital, Jerusalén. Las prospecciones tampoco han dado la razón a tales aseveraciones, ya que lo que han sacado a la luz demuestra que en la época de estos dos reyes Jerusalén era una pequeña población, nada que ver con la imagen poderosa que ofrece la Biblia. Además, según Finkelstein y Asher, resulta imposible que Moisés escribiera el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), entre otras cosas porque elDeuteronomio, el último de ellos, «describe el momento y las circunstancias exactas» de la muerte del propio Moisés.
El Éxodo tampoco tiene muchos visos de verosimilitud. Según los textos sagrados, cientos de miles de judíos fueron guiados por Moisés a través del desierto antes de alcanzar el monte Sinaí. Sin embargo, según los arqueólogos, los archivos egipcios de la época, que por lo general dejaban constancia escrita de cualquier suceso relevante ocurrido en su territorio, no hacen ni una sola mención a semejante masa humana vagando por las arenas del desierto. Además, en la fecha en la que se supone se produjeron aquellos sucesos, habría sido prácticamente imposible que los judíos no fueran descubiertos durante su peregrinar, ya que Egipto poseía una serie de fortificaciones militares a lo largo de su territorio. A pesar de eso –señalan los arqueólogos–, “ni una sola estela los menciona”.
Si los arqueólogos israelíes están en lo cierto, tal y como se desprende de sus investigaciones, ¿cómo se forjó aquel cúmulo de mitos? Para Finkelstein, el Pentateuco, atribuido a Moisés, es en realidad “una genial reconstrucción literaria y política de la génesis del pueblo judío, realizada 1.500 años después de lo que siempre creímos”. Según esta hipótesis, estos textos sagrados comenzaron a ser reunidos y organizados durante el reinado de Josías, que gobernó Judá en torno al siglo VII a.C. El objetivo de aquella magna obra literaria no era otro que crear una nación unida, a partir del reino del norte (Israel) y el del sur (Judá). La intención era instaurar el monoteísmo, de forma que el pueblo judío se convirtiera en uno solo, dirigido por un único Dios y gobernado por un único rey. Así que los escribas inventaron una historia común, a la medida de sus necesidades. Ni hubo culto a un único dios desde tiempos pretéritos, ni se produjo Éxodo, ni conquista de Canaán. Además, las historias sobre la Creación, el Diluvio y otros muchos pasajes fueron adaptados y reescritos a partir de antiguos mitos babilonios y sumerios, de cuya existencia habrían tenido conocimiento durante el periodo del cautiverio en Babilonia.
LA SOMBRA DE LA SOSPECHA
En el mundo de la arqueología bíblica, las polémicas no se limitan únicamente a episodios del Antiguo Testamento, ni se reducen a diferencias de criterio entre minimalistas y maximalistas. En los últimos años, y de forma alarmantemente creciente, se ha añadido otro elemento a la compleja ecuación: el de posibles falsificaciones con fines económicos, religiosos e incluso políticos, que en algunos casos han terminado en los tribunales.
Eso es lo que ocurrió, por ejemplo, con el llamado sarcófago de Santiago. A finales de octubre de 2002, un hotel de Washington se convirtió en escenario de una multitudinaria rueda de prensa organizada por la Biblical Archaeology Review (Reseña de Arqueología Bíblica). Ante decenas de expectantes medios de comunicación, el editor de la publicación, Hershel Shanks, comunicó al mundo el hallazgo de un pequeño osario de piedra caliza que podría haber contenido los restos mortales de Santiago el Menor, uno de los apóstoles que, según varios especialistas, pudo haber sido el hermano de Jesús. La identificación del osario con el de Santiago –Jacobo en hebreo– procedía de la existencia en el osario de una inscripción que rezaba: “Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús”.
El llamado ‘sarcófago de Santiago’. Crédito: Paradiso / Wikipedia.
Según explicó Shanks, el hallazgo se produjo de forma casual, cuando el eminente epigrafista francés André Lemaire descubrió la pieza en manos de un marchante de antigüedades israelí llamado Oded Golan. En un primer momento, Lemaire no dudó en confirmar la validez de la inscripción, datándola entre los años 20 y 70 d.C. “Enseguida me convencí de que era auténtica. Resultaba coherente con otras que he visto en 35 años de trabajo y también con la fecha (entre el 62 o 63 d.C.) en la cual fue ejecutado el hermano de Jesús, que se menciona en el Nuevo Testamento”, explicó Lemaire.
Otros expertos confirmaron también la autenticidad del osario, que databa efectivamente del siglo I d.C. y poseía características coincidentes con los hallados en Israel. Otra cuestión era la relativa a la inscripción, pues varios estudiosos señalaron ya entonces que, incluso aunque fuese auténtica, resultaba imposible demostrar científicamente que los personajes citados en ella se correspondían con los presentes en el Nuevo Testamento.
La polémica inscripción del ‘sarcófago de Santiago’. Crédito: Paradiso / Wikipedia.
Tuvieron que pasar varios meses, sin embargo, para que saltara la verdadera polémica. Algunos autores señalaron que la parte de la inscripción que aludía a Jesús era, muy probablemente, un añadido reciente y que, por lo tanto, se trataba de un fraude. La sombra de la sospecha aumentó aún más por el hecho de que la pieza no había sido descubierta durante una excavación arqueológica, sino que procedía de un marchante de antigüedades, y por lo tanto su origen resultaba dudoso.
Entre los expertos que manifestaron sus dudas se encontraba Robert Eisenmann, profesor de religión en la Universidad de California y experto en identificación y datación de textos. “Supe inmediatamente que la inscripción no era posible. Conociendo el periodo y la figura de Santiago, supe que en aquella época no habrían incluido ese parentesco en un osario como ese”, explicó.Daniel Nylon, profesor de ingeniería de materiales en la Universidad de Dayton, tampoco tuvo dudas después de examinar personalmente el sarcófago. En su opinión, el osario era auténtico –es decir, databa del siglo I d.C.–, pero no ocurría lo mismo con la inscripción. “Después de verlo con mis propios ojos, creo firmemente que alguien talló la mayor parte de la inscripción en fechas relativamente recientes”, aseguró en un artículo publicado por la revista Skeptical Enquirer.
Tras meses de “gira” por EE.UU. y otros países, la Autoridad Israelí de Antigüedades solicitó formalmente que el osario regresara a su país de origen con la intención de someterlo a un examen riguroso. Una vez en Israel se crearon dos comités de investigación independientes para proceder a su análisis y, tras meses de estudio, éstos llegaron a la conclusión de que, en efecto, parte de la inscripción era un añadido moderno.
Las sospechas parecieron confirmarse cuando, siguiendo varias pistas, la policía israelí realizó un registro en la vivienda de Golan, encontrando piezas y materiales supuestamente destinados a la falsificación de piezas arqueológicas. Con aquella actuación policial se inició una investigación en toda regla que terminó por dar lugar a un juicio en el que se pretendía determinar si las acusaciones de fraude y falsificación –no sólo de esta, sino también de otras muchas piezas– tenían fundamento.
En la actualidad, y tras cuatro años de proceso, la resolución del caso podría tener, sorprendentemente, un final inesperado. A pesar de los testimonios de arqueólogos, epigrafistas y científicos de distintas especialidades, el caso parece haber llegado a un punto muerto. En octubre de 2008, el juez Aharon Farkash, encargado del caso, manifestó durante una de las sesiones que el juicio podía terminar con un sobreseimiento. Aunque la mayor parte de los especialistas están convencidos de la falsedad de la pieza, diversas burocracias legales y la imposibilidad de demostrar con un 100% de fiabilidad la falsificación de la inscripción han dejado abierta la puerta a la existencia de dudas razonables.
Hershel Shanks, editor de Biblical Archaeological Review y uno de los más firmes defensores de la autenticidad de la pieza, realizó a finales de 2008 una dura crítica contra la Autoridad Israelí de Antigüedades, y en especial contra Yuval Goren, miembro del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y uno de los testigos clave en el juicio. Según Shanks, Goren se vio obligado a reconocer durante el juicio que había restos de pátina antigua en el interior de la palabra “Jesús”.
Pese a la defensa a ultranza de Shanks, la mayor parte de los estudiosos siguen convencidos de que se trata de una falsificación creada por Oded Golan. En Unholy business: a true tale of faith, greed, and forgery in the Holy Land(Negocios profanos: una historia verdadera de fe, avaricia y falsificación en Tierra Santa) la periodista y escritora Nina Burleigh desvela algunas de las claves del fraude del osario de Santiago. En sus páginas Burleigh explica, entre otros jugosos datos, cómo la policía descubrió en la vivienda de Golan que éste había colocado la pieza sobre un viejo inodoro, un lugar claramente inapropiado para una pieza con el valor que se le atribuye. Las autoridades encontraron además materiales usados habitualmente por los falsificadores. Burleigh explica en su libro cómo todos estos utensilios suelen usarse para falsificar una inscripción, permitiendo que un análisis científico encuentre pátina antigua aunque en realidad sea una creación moderna. Una técnica que fue posiblemente utilizada en el caso del osario de Santiago, y que sería la causante de los problemas a la hora de poder demostrar al 100 % la falsificación.
Las piezas bajo sospecha en el juicio contra Golan no son el único ejemplo de la división actual que existe entre las distintas “facciones” de arqueólogos bíblicos. Otros hallazgos, como los citados al comienzo de este artículo, suponen una evidencia del delicado estado al que ha llegado esta disciplina en los últimos años.
Uno de los ejemplos más recientes corresponde al hallazgo de unas piezas cerámicas en la antigua ciudad fortificada de Khirbat Qeiyafa. Según el profesor Yosef Garfinkel, investigador de la Universidad Hebrea y director de la excavación, las piezas poseen trazos de escritura que constituirían los restos más antiguos que se conocen de un texto hebreo. Y lo que es más, en su opinión apoyarían la imagen del rey David como gobernante de un esplendoroso y fuerte reino. Como ya vimos, esta es una postura directamente enfrentada a la que sostienen Finkelstein y Silberman en su obra La Biblia desenterrada y en su más reciente trabajo, David y Salomón (Siglo XXI Editores, 2007).
Tras el anuncio del “sorprendente descubrimiento”, ambos autores no tardaron en mostrar su disconformidad con la interpretación del mismo. Para Silberman, actualmente profesor en la Universidad de Massachussets, en su opinión el caso parecía un claro intento de confirmar a toda costa los pasajes bíblicos a través de la arqueología. Una posición que comparte su colega Israel Finkelstein. Otros estudiosos, como Aren Maeir, profesor de arqueología en la Universidad Bar-Ilan, señalaron que el hallazgo no suponía “una evidencia concluyente” de que la ciudad donde se realizó el descubrimiento perteneciese a una tribu relacionada con el rey David. A lo anterior hay que sumar, además, el hecho de que hasta el momento no se ha confirmado que el texto sea efectivamente hebreo, ni tampoco se ha podido realizar una traducción del mismo.
¿ARQUEOLOGÍA EN PELIGRO?
Ante semejante panorama, con fraudes, noticias exageradas e intereses personales, religiosos y políticos de por medio, muchos arqueólogos no dudan en manifestar su temor por el estado actual de la arqueología bíblica. Para algunos, juicios como los que tienen al osario de Santiago y la tabilla de Joás (ver anexo) como protagonistas, suponen un grave peligro para la disciplina, pues ofrecen la imagen de que es la propia arqueología la que está siendo juzgada. Si finalmente el caso es desestimado por falta de pruebas –algo probable teniendo en cuenta la postura del juez encargado del caso–, muchos arqueólogos temen que esto podría animar a los falsificadores a inundar el mercado con piezas fraudulentas, dificultando el estudio riguroso y mermando la credibilidad de hallazgos genuinos.
El problema está en las enormes implicaciones que rodean a este tipo de piezas, en las que muchos depositan esperanzas religiosas o políticas, en un marco geopolítico tan delicado como el de Israel. Como señalaba en una reciente entrevista el investigador William Dever, profesor emérito de la Universidad de Arizona y con una experiencia de más de treinta años a sus espaldas, “la verdad sobre la cuestión es que, en la actualidad, la arqueología ofrece más interrogantes que respuestas sobre la historicidad de la Biblia. Y esto es algo muy molesto para algunas personas. El hecho es que la arqueología nunca probará ninguna de las suposiciones teológicas de la Biblia. Podemos decir qué pasó, cuándo, dónde, cómo e incluso por qué. Pero ningún arqueólogo podrá decir nunca qué significa”. Una respuesta que, por desgracia, no satisface a muchos.
ANEXO
LA TABLILLA DE JOÁS
El rastro de sospechas dejado por Oded Golan no termina con el ya célebre osario de Santiago. Poco antes de su detención, se supo que el anticuario había intentado vender al Museo de Israelotra pieza, conocida como Tabilla de Joás, por una elevada suma de dinero. Por desgracia para el coleccionista, el museo rechazó la oferta después de que sus expertos examinaran un fragmento y determinaran que existían muchas posibilidades de que se tratara de una falsificación. En concreto, la tablilla consiste en una pieza de piedra negra con caracteres fenicios que aludirían a una orden del rey Joás solicitando la reparación de parte del primer templo de Jerusalén. Un pasaje muy similar a este aparece en el Segundo Libro de los Reyes, por lo que si la pieza fuera auténtica, se confirmaría no sólo la historicidad del pasaje bíblico, sino también la existencia del primer Templo, del que hasta el momento no existen evidencias arqueológicas. Además de la importancia histórica que tendría el hecho de que la tablilla fuese verdadera, también habría fuertes implicaciones políticas, pues permitiría a ciertos sectores reclamar su derecho a ciertos enclaves sagrados, como la explanada del Templo.
Además de las sospechas sobre la inscripción, la Tablilla de Joás padece la misma carencia que el osario de Santiago: no fue hallada durante una excavación arqueológica controlada, sino que procede de un coleccionista –Golan–, y su verdadero origen es desconocido.
ANEXO 2
HECHOS CONFIRMADOS
Aunque en los últimos años los hallazgos arqueológicos y los estudios lingüísticos y mitológicos van desmintiendo muchos de los episodios narrados en la Biblia, existen algunas piezas que confirman algunos de sus contenidos. Uno de los hallazgos más destacados es el de la llamada Estela de Tel Dan, una piedra negra basáltica, descubierta en 1993 en el yacimiento del mismo nombre, y en el que se narra la invasión de un rey arameo –probablemente Jazael– sobre el reino de Israel. Lo más destacado de la pieza es que ésta menciona directamente a los reyes Jorán y Ocozían, descendientes de la Casa de David. Aunque la mención no prueba que el reino de David fuese tan poderoso y rico como sugiere la Biblia, sí confirma su existencia, así como la fama del linaje davídico en la región.
Fragmento de la Estela de Merenptah donde se menciona a Israel. Crédito: Wikipedia.
Otras evidencias arqueológicas importantes proceden de Egipto. Ese es el caso de la Estela del faraón Merenptah y la inscripción del faraón Sisac. La primera de ellas, datada en torno al 1207 a.C., relata la victoria de Merenptah o Merneptah (hijo de Ramsés II) sobre Canaán, mencionando al pueblo de Israel, lo que constituye una prueba de que en esas tempranas fechas ya existía un grupo de población denominado de tal forma. En cuanto a la inscripción de Sisac, tallada en los muros del templo de Karnak, cita igualmente una campaña bélica en la que se cita menciona Jerusalén. Un evento histórico que fue recogido en la Biblia: “El año quinto del reinado de Sisac, rey de Egipto, atacó Jerusalén. Se apoderó de los tesoros del Templo y del palacio, se lo llevó todo, con los escudos de oro que había hecho Salomón”.
En cuanto al Nuevo Testamento, entre las piezas más destacadas se encuentran el osario familiar de Caifás, descubierto en 1990, una inscripción hallada en el teatro de Cesarea que menciona aPoncio Pilatos, o el llamado Papiro Rylands, el más antiguo de los manuscritos con fragmentos del Nuevo Testamento, datado entre los años 125 y 130 d.C.
BIBLIOGRAFÍA:
-BURLEIGH, Nina. Unholy business: a true tale of faith, greed, and forgery in the Holy Land. Harper Collins, 2008.
-FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. La Biblia desenterrada. Siglo XXI editores, 2003.
-FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. David y Salomón. Siglo XXI editores, 2007.
Fotografía apertura: © Jill Battaglia / Istockphoto
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1 Comments For This Post
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encuestas remuneradas Says: mayo 17th, 2010 at 03:36
buenas noches. que tal la verdad es que yo no estaba buscando acerca de este post y es que la verdad a mi este tema no me gusta para nada, pero te felicito porque la manera en que escribiste me fascino. Por primera vez he encontrado contenido digno en la red. Un saludo.
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Harper Collins Says: octubre 16th, 2009 at 08:49
[...] Arqueología bíblica: entre la Ciencia y la fe Planeta Sapiens – PeopleRank: 9 – 01-10-2009 … Harper Collins, 2008. -FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. La Biblia desenterrada. Siglo XXI editores, 2003. -FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. David y Salomón. Siglo XXI editores, 2007. Fotografía apertura: © Jill Battaglia /… Personas nombradas : Javier García Indiana Jones Poncio Pilatos Frank Moore + vota [...]
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Un pequeño descanso… | Planeta Sapiens Says: agosto 2nd, 2010 at 19:57
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¿Son éstos los huesos de Juan el Bautista? | Planeta Sapiens Says: junio 26th, 2012 at 20:13
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